La belleza es inmensa. Este espejo de aguas profundas y azules, custodiado por el volcán Puntiagudo y por milenarios bosques que conforman sus costas, fue el primer lugar que nos sorprendió mientras el grupo subía a la embarcación.
Dentro del lago se destacan la isla de Cabras y la isla de los Ciervos, animales estos últimos que pudimos observar desde la embarcación y sobre los cuales nos comentaron de su crianza para la caza deportiva.
Las cañas de pescar no podían faltar a la cita. La idea era intentar lograr alguno de los grandes salmones que suben los ríos y se apuestan bajo los saltos de agua de vertientes naturales que caen directamente al gran lago.
Uno de ellos, quizás el más conocido por su raro nombre de El Calzoncillo, junto a otros como El Moro y Huillinco, conforma este conjunto de saltos encantados desde donde parten algunas embarcaciones para que los turistas puedan apreciar la magnitud de los brutales chorros de agua.
El turismo hoy es una de las palabras más usadas en la zona. Amables colonos reciben a los visitantes para invitarlos a cabalgar en los cordones montañosos, hacer trekking a través de senderos rodeados de alerces milenarios e incluso excursiones para visitar cascadas y vertientes naturales a las que se accede solamente a caballo a través de paisajes de una belleza increíble.
Sin darnos cuenta de que había pasado algo más de una hora de navegación, llegamos hasta una salmonera donde fue posible observar a decenas de operarios dándole de comer a estos grandes peces de cautiverio. Saltaban de un lado al otro y realizaban corridas y desplazamientos a velocidades realmente increíbles.
Nos alejamos lentamente para cruzar finalmente el lago y fuimos bordeando una playa de arena hasta que apareció un pequeño campo con su casa principal, donde caballos de varias razas deambulaban libres.
Los caminos que bordean el lago llevan a distintos lugares donde todavía se conservan vestigios de la tradición alemana de mediados del siglo XIX, representada en el trabajo y en las construcciones de los descendientes de los colonos que habitaron estos lugares y que han dejado como herencia su notable arquitectura.
Estábamos en Las Vegas-Santa Elvira, un hermoso paraje que se asienta a orillas del lago, del cual se dejaba ver la casa principal junto a varios corrales y a una pradera tan extensa y verde que parecía no tener fin.
Sus amables dueños, que nos esperaban en un pequeño muelle de madera, enseguida nos invitaron a pasar. Habían preparado un típico desayuno de la zona, con pan fresco, queso, dulces, manteca, jugos y café. Realmente estaba delicioso y era la energía necesaria para, ahora sí, emprender la ansiada cabalgata.
Y allí fuimos, dándonos el lujo incluso de arrear a una pequeña manada de ovejas que no debía pastar tan cerca del lago. La cabalgata fue sólo una excusa para recorrer parte de la finca y observar detenidamente cómo es la vida en estos desolados parajes donde las relaciones sociales son distintas. Algo similar ocurre con las necesidades y las prioridades, diferentes a las de una gran ciudad.
La vista desde las orillas del lago es única, sobre todo cuando la calma chicha le gana la partida al viento y logra que el lago se transforme en un espejo infinito. El volcán Puntiagudo se refleja perfecto en sus aguas y custodia silencioso la llegada de la noche. Espera ansioso la llegada del nuevo día para asegurarse, como lo viene haciendo desde hace millones de años, de que Rupanco sigue estando en el mismo lugar. Su fiel amigo y hermano lago.
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Osorno / Puyehue
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Cómo llegardesde Entre Lagos se arriba al lago Rupanco luego de tomar la ruta llamada Interlagos
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